El paradigma otletiano como base de un modelo para la organización y difusión del conocimiento científico
CAPÍTULO 2
LA DOCUMENTACIÓN
El problema de la causalidad. No siempre resulta fácil determinar lo que provocó
determinadocambiodadoenunaciencia.¿Quéhizoposibletalocualdescubrimiento?
¿Por qué apareció ese concepto nuevo? ¿De dónde surgió esta o aquella teoría? Estas
preguntassuelenresultarmuyembarazosasyaquenohayprincipiosmetodológicosen
los que fundamentar el análisis. La dificultad es aún mayor en el caso de cambios
generales que afectan a toda una ciencia. Y más aún cuando se producen diversos
cambios relacionados entre sí. Pero la dificultad máxima se da en el caso de las
ciencias empíricas: por un lado, el papel de los instrumentos, técnicas, instituciones,
acontecimientos, intereses e ideología resulta muy evidente, pero no se sabe cómo
funcionarealmenteunaarticulacióndecomposicióntancompleja.
Michel Foucault
TheOrderofThings
2.1 Exordio
El ser humano, a través de su historia, ha creado diversos métodos para la transmisión de sus
costumbres, saberes y cultura. El uso de señas, en las primeras etapas de su socialización, le
permitió una mayor comunicación con sus semejantes y una exposición más amplia de su propio
pensamiento e ideas.
Con el surgimiento de la comunicación oral, el ser humano intenta, a toda costa, una
vinculación con todo lo que le rodea. La comunicación verbal con sus símiles le concede un mayor
dominio sobre lo que ocurre a su derredor, lo que en su caso se traduce en una acumulación de los
conocimientos sobre los distintos fenómenos naturales que se le presentan. Esto permite que los
recuerdos de hechos pasados, normas de conducta, creencias o saberes prácticos, dentro de las
comunidades ágrafas, sean fijados en la «memoria colectiva», lo que equivaldría en nuestra sociedad
contemporánea hacer uso de la escritura para tal fin. Esta especie de «biblioteca viviente» vincularía
de forma natural al ser humano en los inicios de su civilización.
La retórica, junto al discurso y la poesía, surge como la herramienta natural que las culturas
oriental y occidental orales utilizan para la transmisión de todos sus pensamientos e ideas,
delegando en antiguos maestros del discurso oral, la tarea de perpetuar generacionalmente el
conocimiento y la sabiduría de su tiempo. En la antigua Grecia, por ejemplo, el uso del «...verso, con
la estructura fija del metro y el apoyo de fórmulas y epítetos recurrentes, servía de poderosa ayuda a
la memorización de cualquier contenido considerado digno de ser retenido en la memoria colectiva,
tratándose de las hazañas de los antepasados más notables, de doctrinas cosmológicas o teogónicas
o de máximas de sabiduría práctica.»43 Desde luego que este tipo de comunicación, en algún
momento, entraría en crisis, ya que al intentar transmitir los saberes y las experiencias a mayor
43
Eric A. Havelock. La musa aprende a escribir : reflexiones sobre oralidad y escritura desde la antigüedad hasta el
presente. Trad. por Luis Bredlow Wenda. Barcelona, Piados Ibérica, 1996, pág. 14.
21
número de gente, en aras de difundir los conocimientos a generaciones futuras, se necesitó de
largas horas de memorización, lo que provocó un entorpecimiento en el desarrollo social y cultural
de estas comunidades.
Con en empleo de los primeros signos gráficos se iniciaría un inexorable desplazamiento de la
comunicación oral, dado que ofrece una forma diferente de construcción y preservación del
conocimiento e intenta codificar ideas conexas, imposibles de memorizar por la mayoría de la gente.
Después de todo, no es sino hasta la invención de los primeros sistemas de escritura que el ser
humano facilita la construcción de diversas formas de comunicación. Así el alfabeto surge como una
herramienta cognitiva que le permite al hombre la concreción de mayores y mejores ideas en favor
de una comunicación a gran escala. El desarrollo de la escritura «...no sólo alteró los patrones de
diseminación sino también el contenido de lo que disemina. Por lo tanto, la escritura establece el
potencial para las verdaderas “literatura”, “ciencia” y “filosofía”.»44
La transición de una sociedad que carece de escritura a otra, en la que casi toda manifestación
lingüística relevante se efectúa por medios escritos, supuso una transformación drástica en los
diversos aspectos que la componen, llámense éstos vida social o de pensamiento, es decir, tanto en
aquellas actividades prácticas que no requieren de mucha concentración mental, como en aquellas
actividades que requieren de un mayor trabajo intelectual, por ejemplo, la profesión de escriba. Los
conocimientos que antes eran puestos en la «memoria» de la comunidad, después serían delegados
al soporte de la escritura, lo que seguro brindó un mejor control sobre el eje de la enseñanza
pública. La escritura permite a las personas alfabetizadas, contrario a las que no lo son, conocer y
experimentar diferentes cosmovisiones sobre un mismo objeto. Esto facultó que diversos sujetos,
que llegaban a leer el mismo material, pudieran sentirse conectados independientemente de la
distancia física que los separa. De hecho, «...ni la religión ni la literatura, ni las ciencias ni el
derecho, tal como los venimos entendiendo los civilizados desde hace más de dos mil años –desde
que hay propiamente historia, otro concepto indisociable de la expresión escrita– serían concebibles
sin la intervención de la escritura.»45
Milenios más tarde la imprenta de Gutenberg vendría a revolucionar el mundo de la escritura.
Con el incremento en el número de ejemplares de una obra y la difusión de los textos impresos,
surgen cuantiosas manifestaciones escritas, como: los géneros literarios en prosa, los tratados
científicos y filosóficos y, mucho más tarde, la novela. El texto de imprenta se muestra como un
soporte más dúctil y flexible, en tanto que ofrece mayor potencial en la formación de conceptos e
ideas con respecto a las escrituras silábicas o ideográficas que le preceden. La imprenta contribuyó
decisivamente a la formación de un pensamiento analítico y abstracto, «...cuya intención se desplaza
desde la continuidad sonora de la palabra oral hacia unas estructuras compuestas de elementos
como las letras del alfabeto, puramente abstractos y desprovistos de toda relación semántica con las
cosas sensibles.»46
La imprenta, aún más que la escritura, descompuso el equilibrio tribal de los sentidos. La
importancia de un entorno auditivo de simultaneidad sucumbe ante la preeminencia del sentido
secuencial de la visión. En el mundo circular de la audición, una persona siempre está en el centro
de lo sea que él o ella esté experimentando. En cambio, «...la persona visual y tipográfica está, en
cierto sentido, siempre en la orilla, como un observador que tiene tiempo para pensar antes de
44
Joshua Meyrowitz. “La fase escribal de transición”, en La teoría del medio de comunicación. Disponible en: URL:
http://www.uchile.cl/facultades/csociales/talon/talon3/medio3.htm
45
Eric A. Havelock. Op.cit., pág. 11.
46
Ibídem, pág. 15.
22
reaccionar. Un auditor puede interrumpir a un hablante con una respuesta, pero un lector tiene que
permitir que un escritor diga “lo suyo”, antes de bosquejar réplica.»47
De este modo la imprenta daría alas al raudo crecimiento de la investigación científica y al
rechazo de la autoridad tradicional. Por ejemplo, en Europa durante el siglo XVI, la disponibilidad de
impresos en lenguas vernáculas debilitó el monopolio eclesiástico y apoyó la Reforma. El repentino
flujo de saber acumulado alimentaría la Revolución Industrial y la difusión de la producción en serie.
Con el nacimiento y desarrollo del capitalismo industrial en los siglos XVIII y XIX, los medios de
comunicación se expondrían a nuevos requerimientos. Inmediatamente se sintió la necesidad de
informar sobre los acontecimientos políticos, económicos y sociales que enfrentaba la humanidad.
«Esta necesidad concierne al mensaje, al medio. El sistema del libro impreso no podía satisfacer
totalmente estos cambios. Aparecería entonces el sistema de los periódicos (empresa de prensa,
linotipia, rotativo y sistema específico de distribución).»48
Particularmente en el siglo XIX se produce un impulso notable hacia la generación de nuevos
medios que permitan la transmisión de información, y más cuando se trata de un intento a favor de
cubrir los nuevos requerimientos. Se comienzan a utilizar entonces los primeros medios eléctricos:
el telégrafo y el teléfono por ejemplo, que anunciaban la edad futura de la radio y la televisión y con
ello también el auge de los medios electrónicos. «Los medios electrónicos recuperarían después un
aspecto clave de las sociedades orales: la simultaneidad de la acción, la percepción y la reacción.»49
Relativamente se vislumbraba un nuevo avance en los distintos patrones de comunicación e
interacción humanas, los cuales apuntaban hacia una total y universal difusión de la información.
Sin duda, los medios eléctricos ofrecerían una cobertura más amplia de los distintos fenómenos que
se suscitaban en cada una de las esferas del quehacer humano.
Con la llegada del siglo XX y el surgimiento de las grandes empresas económicas, el empleo de
la información, principalmente científica y técnica con fines productivos, vería un incremento
sustancial. «Un sistema documental se elaboró progresivamente, añadiéndose a las cadenas
primarias (libros, periódicos) una cadena secundaria de documentación...»50, que en esencia buscó
una mayor rapidez en los procesos de comunicación científica. Esta segunda cadena encontraría en
los nuevos inventos tecnológicos el medio más adecuado para restablecer el emisor en directo y
limitar el papel de la escritura al de un intermediario. La precisión de las necesidades ya no tenía
tanto que ver con el mensaje y el receptor, sino con el emisor. En este caso, las tecnologías
audiovisuales cobrarían mayor importancia: teléfono, radio y televisión, así como las técnicas de
grabación: disco, película muda y sonora, etcétera. Resultado de ello fue la invención de los
primeros medios electrónicos, con la premura de satisfacer necesidades de investigación científica
inicialmente y, en un futuro próximo, la satisfacción de las necesidades de comunicación común.
A lo largo de la historia se observa cómo la evolución económica, política y social de la sociedad
tiende a engendrar nuevas «...necesidades de comunicación, escrita sobre todo, que ejercen una
presión constante sobre uno de los elementos constitutivos del esquema canónico de la
47
Joshua Meyrowitz. “El auge de la moderna cultura de imprenta”, en Lateoríadelmediodecomunicación. Disponible
en: URL: http://www.uchile.cl/facultades/csociales/talon/talon3/medio4.htm
48
Robert Stivals. Haciaunnuevomodelobibliológiconeoliberalmundial. Disponible en:
URL: http://arcano.lib.ac.uk/~josema/reb/esp/vol1no1/vol1no1c.html
49
Joshua Meyrowitz. “La cultura electrónica global”, en La teoría del medio de comunicación. Disponible en: URL:
http://www.uchile.cl/facultades/csociales/talon/talon3/medio5.htm
50
Robert Stivals. Op.cit.
23
comunicación.»51 El emblema de la comunicación universal surge entonces como el estandarte de las
sociedades contemporáneas, lo que propicia que la sociología y la comunicación se vean unidas
estrechamente por primera vez, creándose una convergencia ideológica y de investigación al tiempo
que se asiste a una multiplicación de los sistemas de escritura.
Por tanto, la creación de una disciplina que permita una comunicación de tipo universal, se
coloca como parte fundamental del trabajo cotidiano de los hombres de ciencia, puesto que sus
resultados se convierten en eslabones de una larga cadena de descubrimientos que sin duda
vendrán a revolucionar el modus vivendi de la humanidad. Personajes e inventos surgirán con ese
fin, siendo causantes de rupturas y hallazgos adhocde la investigación científica, cuya intención es
exhibir a la actividad científica como una perspectiva más sólida en la creación de nuevos rumbos
de planificación social. Los trabajos de quienes buscan una comunicación de la ciencia en lo
particular y del conocimiento en lo general verán un gran interés entre sí, dado que éstos se
enmarcarán dentro de la labor histórica de la comunicación universal, papel inicial que se ve
remontado miles de años atrás y ampliado en la actualidad por aquellos métodos y medios que
hacen posible su realización y progreso.
Esta es la manera en como el mundo actual viene «...determinándose por el incesante progreso
de la ciencia, progreso que responde a un planteamiento bipolar: cómo mantener ese progreso y
cómo hacerlo útil a la humanidad.»52 Dicho de otra manera, se reconoce un incremento en las
relaciones existentes entre sociedad y conocimiento, particularmente entre sociedad y conocimiento
científico, con la firme intención de buscar una transformación social en pro del desarrollo humano,
basada en la difusión de las ideas y en la generación de nuevos juicios. Esta determinación de las
relaciones existentes entre ciencia y sociedad, en la medida que una transformación social afecta a
la ciencia y viceversa, parte de un paralelismo dado en los cambios económicos e ideológicos que a
lo largo de los siglos XIX y XX se vinieron dando alrededor del mundo.
La importancia que cobra la comunicación del conocimiento entre los distintos seres humanos
como una solución a sus necesidades de pensamiento y convivencia social, se traduce en el
beneficio que este progreso da a cada comunidad e individuo durante los diferentes estadios
históricos que enmarcan su vida. Tan es así que los grandes pasos que la humanidad experimenta,
se desprenden de la iniciativa práctica de transformar progresivamente la cadena de comunicación
humana.
Con la llegada de la revolución tecnológica y la masificación de los medios, la importancia de
la comunicación apunta hacia una difusión del conocimiento científico, difusión que tiene su origen
en las relaciones manifestadas entre la confrontación de las nuevas necesidades de comunicación y
los nuevos descubrimientos tecnológicos.
La bibliografía científica, contenida en las revistas y periódicos, surge como el nuevo
continente que favorece la difusión de las ideas. Los conocimientos científicos encuentran en este
tipo de entidades bibliográficas, el primer mecanismo de enlace entre distintos hombres de ciencia
enfocados a un trabajo de investigación específico. De ahí que el estudio general de la
documentación pueda centrarse en el problema del «...crecimiento y envejecimiento de la bibliografía
científica, su análisis estadístico y sociométrico para una mejor utilización de las mismas, aunado a
la dispersión de las publicaciones y el fenómeno general de la comunicación y transmisión de la
ciencia.»53
51
Loc.cit.
52
José López Yepes. Ladocumentación..., pág. 47.
53
Ibídem, pág. 49.
24
Como una disciplina que alberga los medios y métodos que hacen posible la comunicación de
la información científica entre individuos, la documentación del siglo XX pretendía fomentar el
desarrollo científico y humanístico de las sociedades. Su desarrollo tuvo como punto de partida un
enfoque epistémico de la realidad, vinculada principalmente con la idea de una comunicación de los
conocimientos científicos. La ciencia de la documentación, como la enunció Paul Otlet, se ocupará
del estudio de los problemas generales de la ciencia, de la investigación y su progreso, dentro del
plano general de la comunicación científica aplicada al desarrollo humano, razón mayor para que la
documentación esté vinculada con la noción de la comunicación de los conocimientos científicos,
sobre todo cuando se involucra con «...el estudio del esquema definitorio de la ciencia como
tradición acumulativa y su impacto en un mundo de rápido cambio; el crecimiento y envejecimiento,
el análisis estadístico y sociométrico y la dispersión de la bibliografía científica; los mecanismos
formales e informales de la transmisión de conocimientos y las relaciones entre ciencia, sociedad e
información científica.»54
Sin embargo, la documentación como una praxis bibliográfica, en sus inicios no fue
contemplada como es esbozada en este apartado, por lo que es pertinente hacer una breve reseña
histórica sobre su génesis y evolución, con base en aquellas obras y hombres que contribuyeron a su
formación y consolidación desde un punto de vista bibliográfico y documental.
2.2 Desde sus precursores hasta Paul Otlet
Una mar de tradiciones bibliográficas y de actividades bibliotecarias son las que anteceden la tarea
de la ciencia de la documentación, la cual tiene sus bases en las vetustas obras de eminentes
bibliógrafos y bibliotecarios. Tanta es su influencia que, en el prolongado sendero de su
construcción científica, se pueden contemplar a diferentes personajes y obras que buscan, a través
de un discurso teórico o una técnica depurada, dar salida favorable al laberinto inmenso que
compone esta disciplina: los documentos, los repertorios, las bibliografías, los recintos, etcétera.
Se ha mencionado que la imperativa necesidad de conocimiento y de información a gran escala
fue lo que propició en el universo bibliográfico el nacimiento de diversas disciplinas, entre ellas la
documentación, por lo que esta disciplina de talla científica, en sus albores, presenta
insuficientemente las características que ahora la definen y enmarcan. En sentido lato puede
expresarse que la documentación, entendida como una disciplina que se proyecta a partir de hechos
concretos, relacionados con la difusión del saber científico, no desdeña la tradición bibliotecaria que
le precede y le nutre en todo momento, por el contrario, busca en estas tareas la base de su
planteamiento fresco e innovador que después la llevarían al trabajo de la difusión del saber
científico y universal.
Con el paso del tiempo se ha establecido que la mayoría de los procedimientos para clasificar y
almacenar documentos, así como las herramientas y técnicas que lo hacen posible, se originaron a
partir de los primeros intentos que en materia de organización bibliográfica y de catalogación
llevaron a cabo los primeros bibliotecarios griegos en la biblioteca de Alejandría, Egipto, quienes
buscaron sortear grandes dificultades de catalogación de centenas de rollos ahí almacenados. Verbi
gratia, Zenedoto pensaba que la única manera de vencer estas contrariedades era subdividir por
clases los rollos de papiro, así como llevar un inventario de los mismos. Él trató de asignar a cada
rollo una partición por género literario o por argumento, el cual era indicado «...sólo para resultar
54
Ibídem, pág. 41.
25
contraseñado con respecto a los demás. Esto se conseguía citando el autor y la obra contenida y el
comienzo de la obra, y si el rollo era misceláneo, sólo el primer autor y la primera obra y su
comienzo.»55
Sobre éste modelo, Calímaco de Cirene (305-240 a. de C.) «...estableció el primer catálogo por
autores, basándose en un enorme trabajo de crítica textual, de filología y de historia literaria
realizado por un equipo de especialistas.»56 También preparó un catálogo crítico de la biblioteca de
Alejandría utilizando los catálogos sistemáticos de ésta. Calímaco lo titularía Pinakes, que significa
lista o listados. En este catálogo se incluían los libros más importantes de la biblioteca, con 120
materias como entradas. Su trabajo daría fundamento significativo a la tarea bibliográfica,
comprendida en la creación de ambos catálogos. Dicha labor tendría una justificación desde el
momento mismo de su concepción, ya que para poder ser materializada como obra bibliográfica, se
necesitó de la ayuda de la ciencia histórica y de la crítica filológica-literaria.
El avance bibliográfico ofrecido por ambos personajes fue de trascendental importancia para la
construcción teórica de la bibliografía, dado que en la Edad Media las prácticas de catalogación y de
registro bibliográfico no presentaron un adelanto significativo. En efecto, en el medioevo los trabajos
bibliográficos sólo se circunscriben a la elaboración de índices inventarios sin ninguna intención de
difusión bibliográfica, por lo que tuvieron que pasar cientos de años para que trabajos como el de
Calímaco fueran retomados por otros bibliotecarios. Sólo casos aislados como el de Richart de
Fournival (1201-1260) son los que resaltan en este periodo.
Fournival, poeta y canciller del cabildo de Amiens en Francia, escribe una obra titulada
Biblionomía, que presenta un conjunto de reglas para el ordenamiento de una colección de libros.
Fournival sostuvo que todos los libros obedecen a una sola ley, la cual preexiste aún después de su
confección. Para Fournival «...el conocimiento es un jardín, y los libros son frutos de las distintas
áreas (=ciencias) en el que se divide. La biblioteca ideal es una realidad cumplida –declara–, y
cada libro, su realización pieza por pieza. Los libros son partes de una ciencia, elementos de un
conocimiento total.»57
Después de Fournival y hasta la Edad Moderna, la bibliografía, desde un punto de vista teórico,
no presenta grandes avances conceptuales acordes con una representación bibliográfica orientada a
la difusión de los contenidos. Habrá que esperar hasta Paul Otlet para que la bibliografía cobre ese
sentido de representación bibliográfica y la documentación sea vista como la teoría general de los
documentos. Pero antes de Otlet, Konrad Gesner (1516-1565), Gabriel Naudé (1600-1653) y Gottfried
Wilhelm Leibniz (1646-1716) vinieron a engrosar el corpus de la documentación con propuestas y
obras que importa develar.
En el año de 1545 Konrad Gesner, doctor suizo-germano, escritor y naturalista, publica una
obra titulada BibliotecaUniversalis, la cual integró cerca de 12,000 registros de obras manuscritas e
impresas en latín, griego y hebreo, y en la que se detallan datos como título, fecha, lugar de
publicación y nombre del editor. Pero lo que más se destaca de la obra de Gesner es el arreglo
alfabético que da a las 1,800 entradas por autor que integran su obra, cuya relevancia es que cada
una de éstas se convierte en una muy detallada y completa referencia biográfica.58 Es claro que su
labor no queda nada lejos de las actuales prácticas documentales.
55
Enrique Molina Campos. Teoríadelabiblioteconomía. Granada, Universidad de Granada, 1995, pág. 30.
56
Loc.cit.
57
Ibídem, pág. 31.
58
Robert B. Harmon. Elementsofbibliography:asimplifiedapproach. Metuchen, The Scarecrow Press, 1981, pág. 12.
26
Por otro lado, Gabriel Naudé, médico que nunca ejerció su profesión, dedicó casi toda su vida a
las tareas bibliotecarias y bibliográficas. Su obra capital Advispourdresserunebibliothèquerepulsa
«...la idea de biblioteca-museo de su tiempo, y apuesta por una biblioteca al servicio de todos,
austera, cómoda y eficiente. Su concepción de la biblioteca se basa en la importancia que él concede
a los catálogos (por autores y sistemático) y a la colocación por facultades –las siete de la época–,
con subdivisiones según las partes de cada facultad.»59 Esto lo situará como un baluarte más de la
teoría documental.
En lo que respecta a Gottfried Wilhelm Leibniz, él se muestra como uno de los pensadores
más sobresalientes de su época. Su preparación como filósofo, teólogo, físico y matemático le
permite formar parte de la consejería del príncipe de Hannover en Alemania. Como bibliotecario de
Wolfenbüttel nunca escribiría ningún tratado sobre bibliografía o bibliotecología, pero sí dirigiría
cartas al príncipe exponiéndole sus reflexiones sobre cómo deben funcionar las bibliotecas. Leibniz
recoge las ideas de Naudé sobre una biblioteca al servicio de todos y de la clasificación por
facultades, subrayando claramente la importancia que tienen las obras que versan sobre las ciencias
experimentales y aplicadas, los documentos de tipo político e histórico, e incluso los periódicos como
obras de conocimiento universal. Además, presupone «...que existe una relación informacional
constante entre un depósito de datos y los usuarios de esos datos, siempre que permanezcan
constantes las formas de registro y de extracción de datos; por lo que Leibniz anticipa los
fundamentos de las bibliotecas especializadas e incluso de los centros de documentación.»60 La
necesidad que siente Leibniz por una completa comunicación de los conocimientos para el progreso
y la felicidad del ser humano, lo conduce a proyectar una publicación semestral de resúmenes de las
nuevas obras que se producen mundialmente, lo que implicaba formar una enciclopedia de carácter
universal.
A mediados del siglo XVIII hace su aparición otro personaje con el nombre de Johann Christian
Koch, autor de Schediasmadeordinandabibliotheca, publicada en 1773. Para él la funcionalidad de
una biblioteca se bifurca necesariamente en dos órdenes: el externo, que se refiriere a la selección y
colocación de los libros, y el interno, relacionado con la preparación de índices y catálogos. Su idea
de la indización se concentra en la «...preparación de los catálogos semánticos según loci
communes,una técnica de cita en torno a los temas de interés permanentes de cada disciplina...»61 y
cuyo planteamiento concuerda con los procedimientos documentales actuales.
No menos importante resulta también la obra de Le Rond D'Alembert (1717-1783), Discours
préliminaire de l'Encyclopédie, quien proponía, «...en la medida de lo posible, el orden y el
encadenamiento de los conocimientos humanos, examinando su genealogía y su filiación, las causas
que los habían hecho nacer y las características que los distinguían.»62 Obviamente este proyecto
figura dentro del espectro documental de Paul Otlet, lo que no deja duda de una incipiente necesidad
por encontrar nuevas formas para organizar la información de manera universal.
Pero posiblemente el que más se acerque al pensamiento otletiano, no sólo por su proximidad
cronológica sino por su concepción sobre el libro, sea Domenico Rossetti, autor de Saggio di
bibliotattica, publicada en 1832. Rossetti coloca a la bibliotattica como parte de la bibliología,
entendiendo a esta última como la doctrina de los monumentos gráficos del saber en general; así la
define:
59
Enrique Molina Campos. Op.cit., págs. 34-5.
60
Ibídem, págs. 35-6.
61
Ibídem, pág. 32.
62
José-María Izquierdo Arroyo. Laorganizacióndocumentaldelconocimiento:I/1marcodocumental. Madrid, Tecnidoc,
1995, pág. 21.
27
Siendo una ciencia la bibliotaxia, debe tener su principio fundamental, su sistema y finalidad. Su
principio fundamental será Evidencia perpetua de una determinada reunión de monumentos gráficos. De
este principio nace el sistema, que será el de la Evidencia de la razón y de la coordinación de los
objetos reunidos; y de éste la finalidad, que será la Perpetuación de los monumentos gráficos reunidos,
dirigida por medio de su movimiento y de su conservación al útil progreso del saber humano.63
La realidad es que son muchos más los personajes que participan en el desenvolvimiento
histórico de la documentación, apoyados en la tarea prima de la difusión bibliográfica, pero sólo
están resaltados aquellos que, por su importancia y obra, se acercan a la condición de la difusión
universal de la información, y en particular aquellos que quizá sean los más cercanos a la idea de
edificar un repertorio único que permita la utilización íntegra de sus registros bibliográficos para
crear nuevos rumbos de cognición humana.
Finalmente Paul Otlet, quien nació y se formó en el siglo XIX, vendrá a ser quizá más un
precursor y un adelantado que un creador propiamente. Motivado por las tendencias filosóficas de
su época, Otlet se coloca como el padre de la concepción de «universo documental», entendida más
como una disciplina epistemológica que como práctica bibliotecaria. Su mérito consiste en haber
dado el salto de la bibliografía a la documentación, incluso a niveles terminológicos, imaginando
fórmulas que establecen sinonimias entre libro y documento, y bibliología con documentología.
En su totalidad, la documentación otletiana se compone de una larga serie de elementos que,
por su naturaleza y filiación, se entrelazan en diferentes niveles, de acuerdo con su funcionalidad y
concepción. De este vasto tejido podemos señalar los conceptos que más destacan: la bibliología o
documentología, entendida como la ciencia del libro y del documento; la bibliografía, como el medio
que permite la descripción y la organización de los documentos; y el libro o documento, producto y
vehículo universal de toda manifestación intelectual del ser humano. De cada una de estas partes se
desprenden particularidades propias, que en muchas de las ocasiones se mezclan y disuelven a lo
largo del «todo documental» otletiano.
De manera breve trataré de aclarar en los siguientes apartados cada uno de los conceptos
antes señalados, teniendo como apoyo varias citas tomadas de los trabajos de Paul Otlet, para así
corroborar en todo momento cualquier afirmación que se haga sobre su obra. En el desarrollo de la
siguiente interpretación, la cual tal vez no corresponde al orden antes expuesto, procuraré buscar
una secuencia lógica que sea acorde al pensamiento otletiano.
2.3 La documentología otletiana
Basándose en las necesidades de la naciente cooperación científica y en la exigencia de una
disciplina que de solución inmediata al caos bibliográfico, Otlet señala que «...si hay una lengua
común, una lógica común, una matemática común, es preciso crear una bibliología común: arte de
escribir, de publicar y de difundir los datos de la ciencia. [Además dice:] Necesitamos ahora no
solamente de bibliografía, descripción de los libros, sino de bibliología, es decir, de una ciencia y
una técnica generales del documento.»64
Para Otlet el problema capital de la documentación consiste en la construcción de una ciencia
en dos momentos claves: «...a) la manera de ordenar y sistematizar el conjunto de los datos de la
63
Enrique Molina Campos. Op.cit., pág. 33.
64
Paul Otlet. Eltratado..., pág. 9.
28
ciencia, y b) los principios, leyes y métodos que han de determinar y dominar los datos de cada
ciencia particular.»65 Lo interesante es que se pueden dilucidar dos niveles de necesidad, uno que
parte de lo relacionado con la difusión del conocimiento científico y otro que continúa con la
necesidad práctica de organizar y difundir todo tipo de documentos. Su descripción es la siguiente:
El primer nivel (visto en el primer momento), que es de carácter más general, responde a la
necesidad próxima de crear una ciencia que facilite la difusión de los frutos de las demás ciencias,
en este caso la bibliología o documentación; y el segundo nivel (visto en el segundo momento) que
es de carácter particular, por así decirlo, se encarga propiamente de la construcción teórico-práctica
de la ciencia documental, en la que se abarca todo lo relacionado con sus fines, su método y
objetivos.
Del primer momento o nivel trata el siguiente apartado.
2.3.1 De su vinculación con la ciencia
Lo primero que Otlet advierte cuando se adentra en el trabajo bibliográfico es la inexistencia de una
disciplina teórica que abarque las actividades relacionadas con los libros, las bibliografías, los
documentos y las bibliotecas. De hecho, él, al proponer la creación de la bibliología como una
ciencia que «...abarque el conjunto sistemático clasificado de los datos relativos a la producción, la
conservación, la circulación y utilización de los escritos y documentos de toda especie...»,66 intenta
conjugar en un «todo» la organización del conocimiento científico y ecuménico, con el fin de unir a la
humanidad a través del trabajo científico. Esta es la razón por la cual la ciencia se convierte en su
primera inquietud dentro de la construcción de la documentación, sobre todo cuando se percata de
los vínculos existentes entre ciencia y libro:
El libro es el principio y el fin de toda investigación. En un principio, el libro hace uso de lo que se ha
dicho y realizado por nuestros predecesores y así hace uso también de todo lo que nuestra civilización
tiene guardado. Al final de la investigación las conclusiones se amplían, las opiniones que son
formadas y las soluciones que son propuestas se presentan en un nuevo libro.67
Su énfasis por la ciencia crece cuando percibe la importancia que los documentos tienen
dentro de la construcción científica y el beneficio que se otorga a la humanidad con su utilización:
En nuestros días el trabajo científico se ha vuelto interdependiente. Esta interdependencia existe entre
todas las ciencias, entre el trabajo llevado a cabo en cada rincón de un país y en el extranjero. Así se
ha establecido una enorme interdependencia entre todos libros. Para que ese orden tenga un valor para
la sociedad y sea parte del conocimiento en general, todo trabajo científico debe darse en forma escrita,
ilustrado si es posible.68
Otlet pensaba que la organización de un cuerpo epistemológico, formado por concepciones
teóricas y prácticas que abarquen cada uno de los aspectos que se relacionan con los documentos,
65
José-María Izquierdo Arroyo. Op.cit., pág. 19.
66
Paul Otlet. Eltratado..., pág. 9.
67
Paul Otlet. “The international organization of bibliography and documentation”, en SelectedessaysofPaulOtlet. Trad.
y ed. por W. Boyd Rayward. Amsterdam, Elsevier Science Publishers, 1990, pág. 183.
68
Ibídem, pág. 177.
29
garantizaría el avance y desarrollo de cada una de las ciencias particulares y del conocimiento
universal. Pronto esta necesidad, ubicada en un mundo de rápido cambio, exigiría la planificación de
una nueva ciencia y, en su conjunto, «...la resolución de una serie de problemas científicos de corte
general que pueda configurar el objeto que haga precisa la creación de una ciencia de la ciencia.»69
Según Otlet la creación de esta metaciencia respondía a una necesidad de la sociedad
íntimamente vinculada con la esfera de la investigación científica, inspirada por la comunicación de
los conocimientos científicos y la utilización de los instrumentos más adecuados para su difusión, en
este caso el documento. De alguna manera este es el «...problema que contempla la Ciencia de la
Ciencia y, sobre todo, una ciencia específica que estudia el hecho de documentar, esto es, de
informar sobre las fuentes de investigación: la Ciencia de la Documentación.»70
Como puede apreciarse, el planteamiento científico otletiano no sólo inicia con la idea de
construir una ciencia de la ciencia, sino que parte de algo más sencillo; en esta ocasión Otlet se
referirá al libro o documento. Otlet vería al libro como la piedra angular de su obra. La
documentología o bibliología, primera sinonimia hecha por Otlet, tiene su fundamento en otra
sinonimia: el libro o documento. El libro (biblión o documento o gramma) es el término convencional
empleado por Otlet para expresar toda clase de documentos. «Comprende no sólo el libro
propiamente dicho, manuscrito o impreso, sino las revistas, los periódicos, los escritos y las
reproducciones gráficas de toda especie, dibujos, grabados, cartas, esquemas, diagramas,
fotografías, etcétera.»71
Otlet asigna al libro el carácter de universal, lo que de alguna manera redunda en la
ampliación del espectro bibliográfico. El documento viene a ser una manifestación directa de
conocimiento en forma gráfica (manuscritos o textos impresos, inscripciones, epígrafes, pinturas e
iconos). Para Otlet el libro puede «...significar cualquier integración de signos en una superficie, que
captura y cristaliza los resultados de una investigación, de manera que se puedan entender,
diseminar y conservar.»72 Esto ofrece visualizar al libro como el resultado último de toda
investigación científica y como producto máximo de la inteligencia humana.
La importancia que Otlet le da al libro (=documento) parte de dos instancias: primero, aquella
que ofrece una salida a los problemas creados por el incremento en el número de los documentos
impresos o de cualquier tipo; y segundo, aquella que busca resolver las necesidades concernientes a
los nuevos conocimientos para que estos puedan ser transformados en publicaciones y documentos,
e incorporados rápidamente en el cuerpo de las ciencias y las artes. Este es el problema bipolar que
constituye la tarea básica de todo el trabajo documental otletiano.
La idea que resume al libro como parte inicial de la construcción de la documentación, además
de que coloca al documento como el continente y eslabón ideal para la transmisión de los
conocimientos de la ciencia y de cualquier índole, queda expresada en el siguiente esquema:
Ciencia D Documento D Documentación
Aquí la ciencia ve al documento como la máxima expresión de sus resultados de investigación,
y a la documentación como el motor que permite una exhaustiva organización documental, origen de
69
José López Yepes. Ladocumentación..., pág. 48.
70
José López Yepes. “Investigación científica, ciencia de la documentación y análisis documental”. Arbor. Núm. 381-382.
Septiembre-octubre de 1977, pág. 90.
71
Paul Otlet. Eltratado..., pág. 9.
72
Paul Otlet. “The international…”, pág. 176.
30